lunes, 14 de diciembre de 2009

Un puñetazo a la democracia fascista

Un don nadie estampó con ira un objeto contundente en el soberbio rostro del payaso que rige el destino de Italia impactando sobre su boca mentirosa haciéndole besar la lona del circo con los dientes partidos, manando la sangre de los mortales quién se había colocado a sí mismo por encima de las leyes que afectan al resto.

Atontado sus aparentemente inexpugnables escoltas trataron de conducirle a la seguridad de su Mercedes, donde podría sentirse otra vez un Dios que mira a la plebe con desdén, pero las heridas evidenciaban una de esas pocas ocasiones en que el gigante es derrotado por un pequeño hombre anónimo que se da cuenta que no es sólo un número en una estadística sino un individuo capaz de cambiar el curso de la historia y se niega a ceder su libertad a un dictador de corbata que subyuga a los demás con palabras amables que envuelven nobles ideales junto con promesas incumplidas y dispone a su antojo de los recursos de la nación con total inmunidad amparada por una ley hecha a su medida.

Se creía intocable hasta que una mano que él creía dócil se rebeló contra su poder, la mano de un loco dirán como se llama ahora a quién se rebela, en la Edad Media se les conocía como herejes a los que no aceptaban el poder establecido y cuestionaban el pensamiento impuesto que hoy no es otro que el de la globalización, el pensamiento común que este es el mejor de los sistemas pero que desgraciadamente para que siga funcionando hay que sacrificar la vida de millones de seres para saciar la avaricia insaciable de estos dioses que sólo defienden los intereses de los más poderosos. Massimo Tartaglia se negó a ser un cordero más que se sacrifica en el altar del capitalismo feroz. No quiso ser una víctima sino un verdugo justiciero bendecido con la locura de los inconformistas que utilizó como arma para vencer al gigante inalcanzable una sencilla réplica de la catedral de Milán. Un pequeño gesto que despertará muchas conciencias dormidas.

Texto original de Jorge de Lalama


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