martes, 29 de diciembre de 2009

Errores fantasmales. Página 5 a 7


Ahora que eres pobre tienes que entrar en un vagón de metro con la mirada mustia, sosteniendo una bolsita en la mano. Miras vagamente a los presentes y empiezas a recitar palabra por palabra todo lo que te dicta el hambre. Esta aprieta tus tripas con saña y cuando se siente en tus entrañas, el estómago tararea una vieja canción con sabor amargo.

Cuando la gazuza aprieta, el estómago no canta- porque eso es para los felices -tararea.

Entonces mientras hablas- mirando a ninguna parte y tan sólo logrando llamar la atención de algún ocioso que sólo tu presencia logra rescatar del aburrido viaje dentro del túnel negro -recuerdas que ayer eras uno de ellos. Ayer escuchabas sentado donde esta el señor de la cara de babosa, pero la vida da muchas vueltas y tú no supiste mantener el equilibrio y por eso estás ahora en lo más bajo. Entonces tragas saliva para poder continuar.

Caminas con torpeza por el vagón recogiendo las monedas que se dignan a darte. Das las gracias con humildad pero en un asiento está está una persona que conocías en tus tiempos de esplendor, aunque ella te mira con pena pensando: <<¡Pobre desgraciado!>>. Empieza a hablar contigo con un gesto de amabilidad en su cara, aunque por sus ojos pasan fugazmente la pena, el orgullo, la superioridad y la posición social. Todo ello disimulado por una mirada gentil que intenta soltar tu lengua. Sus ojos te interrogan; entonces cuentas los revolcones que te dio la vida desde la última vez que viste a esa persona. Parece compadecerte sinceramente pero sus ojos no pueden ocultar la alegría que le causa tu pesar porque para algunas alimañas tus desgracias son sus alegrías. Es la gente como tú la que les convence de la autenticidad de sus vidas inauténticas, porque así se autopersuaden de la existencia de seres sin dinero más infelices que ellos. Ellos han logrado entrar en el sistema y se mantienen dentro gracias a su esfuerzo diario que les obliga a vender su tiempo por dinero. Aceptando cualquier trabajo y renunciando a sus "sueños dorados" que se van extinguiendo con el paso del tiempo como la llama que alumbra la habitación y finalmente la sumerge en las tinieblas de la cotidianidad y el desengaño. El desengaño que se produce al volver la cabeza y ver con pesar que el camino por el cuál hemos andado es un desierto sin vegetación; entonces nos preguntamos la misma cuestión: ¿mereció la pena renunciar a todo por nada?. El silencio del desierto nos responde de la manera con la cuál el silencio responde. Seguidamente nos damos cuenta de la inutilidad de la lucha que hemos mantenido por sobrevivir en este mundo de lobos, en donde las ovejas se han transformado en lobos y los lobos se devoran unos a otros; y cuando tu vida está resuelta porque tienes al huésped Don Dinero en tu morada para el resto de tus días- esto suele pasar a los 60 años - quieres disfrutar de lo que nunca tuviste, pero ya estás demasiado arrugado para vivir y tus huesos crujen demasiado para saltar. Te sientas en un banco y esperas pacientemente a la dama que llega al ocaso de nuestra vida. Es el destino de los idiotas.

Seis horas trabajando en aquél lugar minaban el carácter de cualquiera que se considerase humano. En seis horas le insultaron, le escupieron 60 veces. En seis horas se produjeron seis peleas con seis muertes y seis heridos. En seis horas vio toda la violencia que cualquier alienado ve en 66 años; porque seis hora en aquel infierno equivalían a una vida de sufrimientos en la otra vida que se hallaba detrás de aquellas paredes.


Texto original de Jorge de Lalama Seoane

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