miércoles, 9 de diciembre de 2009

Errores fantasmales de Jorge de Lalama. Página 1.


PRÓLOGO DE CONSTANTINO BÉRTOLO. DIRECTOR LITERARIO DE DEBATE.

Estimado Señor De Lalama,

Muchas gracias por habernos enviado su obra Errores fantasmales, que hemos leído con atención.

Sentimos sin embargo comunicarle que no entra en nuestros planes su publicación. Por supuesto que esta decisión responde a nuestros criterios y por tanto tiene ese valor. La historia de la literatura está llena de errores editoriales.




ERRORES FANTASMALES. Página 1.

Don Nadie era un ser mediocre, uno de tantos que navegaba sin rumbo por ese maremagnum de caras desconocidas que es la calle. Vivía de alquiler y casi de caridad en un edificio donde él, era el único que se encontraba en situación legal, pues el resto de los vecinos ocupaban todo el espectro de la delincuencia; desde inmigrantes ilegales, pasando por okupas y acabando en camellos. Todos eran buscados por la policía que bien sabia donde encontrarlos, pero se guardaban de ir, porque estarían esperando armados hasta los dientes. Si una persona normal veía la casa como un lugar de solaz, destinado a la reposición de las fuerzas necesarias para afrontar posteriores tareas en el mundo laboral; para él tenía un significado bien distinto, casi bélico y no exagero en decir bélico, pues subir por las escaleras era todo un acto de valor digno de una condecoración. Borrachos de cartón contaban andanzas de juventud y cantaban con lágrimas en los ojos estúpidas canciones. Los macarras salían a su encuentro y llenaban de tomate sus carnes. Los agujeros de bala en la pared eran autógrafos de la violencia latente. Era una realidad tan sangrante como insoportable y él estaba ahí, eso era lo malo. Si le pasará a otro no le hubiera preocupado y este pensamiento le tenía ocupado.

Era un lugar miserable para un hombrecillo insignificante, cuyo nombre era burlado constantemente por la vecindad. Esta era una razón- a parte de la propia supervivencia- por la cuál evitaba salir de su domicilio por el día, rehuyendo así, de las personas que le criticaban en su ausencia e incluso en su presencia.

Cuando llegaba la noche salía de su guarida discretamente, girando su cabeza en todas las direcciones y si por casualidad avistaba con sus pequeños ojos de ardilla algún vecino burlón, caminaba sobre sus pasos hasta la puerta de su madriguera. Cerraba la puerta con mimo, temeroso de despertar con el portazo la ira de las bestias. Después corría hacia la cocina en busca de una banqueta con la que poder ayudarse para lograr observar los movimientos de su enemigo a través de la mirilla. Mientras miraba por ésta, empezaba a lanzar en voz baja insultos incoherentes sobre su contrario.

Cuando la escalera estaba desierta marchaba a su mediocre trabajo en el bar La Sirenita en el centro de Madrid. Siempre iba por callejuelas poco frecuentada por prostitutas, temía que hirieran su hombría con palabras soeces pero no podía evitar encontrarse con alguna que embriagada de vino abría su pintarrajeada boca para hacerlo mientras Nadie apretaba el paso sin conseguir acallar los insultos que al final de la calle era un estruendo.


Texto original de Jorge de Lalama Seoane.

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