miércoles, 8 de julio de 2009

EL GEN EGOÍSTA. RICHARD DAWKINS. Capítulo VII. Planificación familiar.

Dos actividades, maternidad y cuidado de las criaturas. Una máquina de supervivencia individual debe adoptar dos tipos de decisiones totalmente diferentes, una respecto a los cuidados y otra respecto a la reproducción.

La hipótesis de que los animales individuales, de manera deliberada y altruista, reducen sus
tasas de nacimiento en bien del grupo considerado en su conjunto.

La humanidad está procreando en demasía. El tamaño de la población depende de cuatro factores: nacimientos, muertes, inmigraciones y emigraciones.

La población actual de América Latina es, aproximadamente, de 300 millones de personas y
en el presente ya muchas de ellas se encuentran subalimentadas. Pero si la población
continuara aumentando en la proporción actual, se tardaría menos de 500 años para
alcanzar el punto en que la gente, apiñada de pie, formaría una sólida alfombra humana
sobre el área total del continente.

No sucedería así por algunas razones prácticas. Los nombres asignados a dichas razones son, hambre, plagas, guerra, etc.; o, si somos afortunados, control natal. Los avances médicos que han contribuido a precipitar la crisis, probablemente empeore el problema, al acelerar el índice de expansión demográfica.

Los animales salvajes casi nunca mueren por edad avanzada. El hambre, las enfermedades o los animales predadores acaban con ellos mucho antes de que se tornen realmente seniles. Hasta hace poco tiempo, esto también era aplicable al hombre. La mayoría de los animales mueren en la niñez, muchos de ellos no llegan a superar la etapa embrionaria. El hambre y otras causas mortales son las razones últimas de por qué una población no puede incrementarse indefinidamente.

Los animales efectivamente regulan su índice de natalidad. Y ciertas especies determinadas tienden a conservar un grupo o carnada de un número bastante regular; ningún animal tiene un número indefinido de hijos.

Muchos animales dedican una gran cantidad de su tiempo y energía a «defender» aparentemente un área de terreno que los naturalistas denominan territorio. En muchos casos las hembras rehúsan aparearse con machos que no posean un territorio. Sucede a menudo que una
hembra cuyo compañero ha sido derrotado y, como consecuencia de ello, su territorio ha sido conquistado, se une rápidamente al vencedor. Aun en especies monógamas aparentemente fieles, una hembra puede estar unida al territorio de un macho más que a él personalmente.

Si la población crece demasiado, algunos individuos se verán privados de territorio y, por lo tanto, no procrearán.

Los individuos que ocupan una alta jerarquía tienen más posibilidades de procrear que los que ocupan una posición más baja, ya sea porque son preferidos por las hembras o porque físicamente impiden que los machos que se encuentran en una posición inferior se acerquen a las hembras. Las poblaciones emplean competencias formales sobre niveles a alcanzar y territorios a
adquirir como un medio de limitar su tamaño a un nivel levemente inferior a aquel en que
empezarían a producirse muertes por inanición.

Para Wynne-Edwards, el comportamiento epidéitico consiste en la agrupación deliberada para facilitar una estimación en cuanto al tamaño de la población.

Al aumentar el número de polluelos que cuidar se tendrá que pagar, inevitablemente, con una
menor eficacia en el cuidado. El punto esencial que destaca Lack es que para cada especie
dada, en una situación ambiental determinada, debe haber un tamaño óptimo de nidada. Si tres es la cantidad óptima de tamaño de nidada para los vencejos, ello significa, para Lack, que cualquier individuo que trate de criar cuatro terminará, probablemente, con menos crías que su rival, más cauteloso, que sólo intentó criar tres. La razón obvia para dicho resultado sería que el alimento, al ser repartido entre cuatro polluelos, resultaría tan escaso que pocos de ellos lograrían sobrevivir hasta la edad adulta. De acuerdo con lo afirmado por Lack, por lo tanto, los individuos controlan el tamaño de la nidada por razones que nada tienen que ver con el altruismo. No están practicando el control de natalidad con el fin de evitar explotar en demasía los recursos del grupo, sino de aumentar al máximo el número de criaturas supervivientes en relación al número existente, objetivo que es justamente lo opuesto de lo que normalmente asociamos al término control de natalidad. La selección natural, de acuerdo a la teoría de Lack, adapta el tamaño inicial de la nidada (carnada, etc.) de manera que se obtenga el máximo de ventajas sobre estos recursos limitados.

Los individuos que tienen demasiados hijos son penalizados, no porque toda la población se extinga, sino simplemente porque pocos de sus hijos sobrevivirán.

Desde el momento en que nosotros, los humanos, no deseamos retornar a las antiguas costumbres egoístas por las que permitíamos que los niños de familias muy numerosas murieran de inanición, hemos abolido la familia como unidad de autosuficiencia económica y la hemos sustituido por el Estado.

La anticoncepción es, en ocasiones, atacada como algo «artificial», «desnaturalizado». En efecto, es muy inhumana. El problema radica en que también lo es el Estado benefactor. El Estado benefactor es, quizá, el sistema más altruista que el reino animal jamás ha conocido. Pero cualquier sistema altruista es, inherentemente, inestable, ya que está sujeto al abuso por parte de individuos egoístas, dispuestos a explotarlo. Los individuos humanos que tienen más hijos que los que son capaces de criar son probablemente demasiado ignorantes en la mayoría de los casos para ser acusados de una explotación malévola consciente. Las instituciones poderosas y los líderes que deliberadamente los estimulan a actuar así, me parecen menos libres de sospecha.

Un exceso de población reduce, en ocasiones, el índice de natalidad.

Las ratas están programadas para la vida en la naturaleza y es probable que bajo las condiciones naturales una superpoblación sea un indicativo fiable de hambre futura.

Se recordará que, según Lack, los animales tenderán a tener el número óptimo de hijos desde su propio punto de vista egoísta. Si procrean muy pocos o demasiados, terminarán criando un menor número que si hubiesen acertado la cantidad correcta. Ahora bien, «la cantidad correcta» podría ser un número menor en un año en que existe un exceso de población, que en otro en que la población es escasa. Ya hemos convenido en que un exceso de población puede presagiar hambre. Obviamente, si a una hembra se le ofrecen evidencias fiables de que se puede presentar el hambre, en beneficio de su propio interés egoísta reducirá su índice de alumbramientos. Las rivales que no respondan a las señales de advertencia y no actúen de acuerdo a ellas terminarán criando menos hijos, aun cuando, en realidad, procreen más.

Parece bastante probable que la densidad de la población constituya un buen índice. Una hembra de estornino puede, en principio, saber que cuando llegue el tiempo de alimentar a sus crías en la siguiente primavera, tendrá que competir por el alimento con rivales de la misma especie. Si ella puede, de alguna manera, estimar la densidad local de su propia especie en invierno, tendrá un medio poderoso de predecir cuan difícil le será obtener el alimento necesario para sus polluelos
en la próxima primavera. Si encuentra que la población en invierno es especialmente alta,
la política prudente a seguir, considerada desde su propio punto de vista egoísta, sería
poner relativamente pocos huevos.

La conclusión a que hemos llegado en el presente capítulo es que los padres individuales practican la planificación familiar, en el sentido de que perfeccionan su índice de natalidad en vez de limitarlo para el bien público. Intentan potenciar al máximo el número de hijos sobrevivientes que tengan, y ello significa no tener muchos ni pocos. Los genes que hacen que un individuo tenga demasiados hijos tiende a no persistir en el acervo génico, debido a que los hijos que contienen tales genes presentan la tendencia a no sobrevivir hasta la edad adulta.

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